El efecto sensitivo del sonido y las funciones y usos de la música en la cultura
- lizmiav

- 9 oct 2023
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La música puede analizarse desde diversos ángulos, ya sea como parte de las actividades cotidianas de la humanidad o como un eje fundamental en la reproducción y transformación de la cultura. Sin embargo es importante destacar su carácter colectivo y emocional, que logra expresar campos que el lenguaje cotidiano no logra enunciar, y forma parte esencial en las actividades de la humanidad desde su origen hace alrededor de 200,000 años, repercutiendo en los estados anímicos y fungiendo como medio de comunicación entre individuos e incluso de conexión con aspectos metafísicos.
Asimismo, por su naturaleza, la música puede funcionar como medio catártico. En este sentido, valdría la pena valorar la perspectiva de Ana Lidia Magdalena (2015), con respecto a la importancia sensitiva a la hora de generar lazos sociales, siendo que cada uno de los sentidos son los que nos brindan una vía particular de acceso a la realidad, fungiendo como filtro de percepción de esta, en donde incluso interviene la cultura y el entorno, y cada uno procesando una materia distinta permitiendo una percepción espaciotemporal particular. De tal manera que el oído funciona como un sentido que ayuda a distinguir identidades, ello a partir de la distinción entre el adentro y el afuera, que se proyectará en estructuras más complejas de la sociedad, tales como lo social y lo subjetivo, público y privado, “El sonido es, al mismo tiempo, una sustancia estructurante de relaciones sociales y también culturalmente estructurada” (p.96).
Desde esta perspectiva, el espacio sonoro es una “burbuja acústica” de sonidos y espacios en la que estamos sumergidos en diversas esferas de proximidad y en las que fungimos como transmisores y receptores; el primero en cuanto a que externamos emisiones más allá de nuestro campo y el segundo al recibir sonidos de otras esferas. Desde nuestra percepción del sonido en el útero, éste es determinante en la creación de identidad y la diferenciación entre el yo y lo externo, así como la principal fuente de vinculación entre ambos, derivado de su capacidad de traspasar fronteras, siempre dependiente de la proximidad y la potencia (p. 99).
De esta forma, el oído pareciera ser el sentido que permite la socialización y comunidad derivado de que la falta de límites definidos lo hace incluyente, pudiéndose percibir el sonido mediante el oído (que incluye el acto de recepción e interpretación) y el cuerpo (sensación causada por las vibraciones; resonancia); concibiendo a la primera como la vía sonora, que genera el simbolismo convencional, de acuerdo con Maurice Merleau Ponti, que proviene de una construcción social y racional; y a la segunda como la vía táctil, que es regida por un simbolismo natural, implicando sensaciones emocionales. Ambas conforman la significación de los sonidos, siendo que la táctil es donde se consolida la parte agregativa del sonido y que requiere de la copresencia y enunciación unísona; comunidad mediante contagio colectivo.
Percibiendo a las emociones como reacciones psicofisiológicas causadas por estímulos sensoriales, Magdalena, sostiene que el sonido tiene la propiedad de generar sensaciones más allá de las barreras culturales o características individuales, así como puede evocar emociones. Sin embargo, la percepción es algo innegable en este proceso de escucha y de significación, y sin bien la sensación es brindada por los sentidos, la percepción contiene siempre una carga cultural y subjetiva, lo que implicaría la interpretación favorable o desfavorable que un sujeto puede hacer de la incursión en su espacio sonoro y las emociones que ésta genere. ( pp. 103-104)
El sonido funciona como generador de identidad, que tiene que ser acreditada tanto interna como externamente. Siendo el sonido un indicio de algo, incluso la naturaleza ha creado su propia identidad sonora mediante diversos animales, el viento, los ríos etc. R. Murray Schafer creó el término soundmark refiriendo al sonido que caracteriza un contexto espacio-temporal. Asimismo, la disposición de materia de la naturaleza y el desarrollo tecnológico han ido generando mayor diversidad de sonidos en distintas culturas a través del tiempo. Lo mismo sucede con el lenguaje, cuya variedad de entonación, acentos ritmo, pronunciación, etc. remite al modo de hablar de determinada población.
El término paisaje sonoro se considera patrimonio cultural derivado precisamente de que lo sonidos son parte inherente de las diferentes culturas. La música también y, con mayor razón, contiene significancia simbólica identitaria al ser sonido humanamente organizado en términos de John Blaking (1973), lo que implica una planeación y un motivo en su creación y producción, que se realiza inevitablemente bajo determinadas influencias culturales y contextuales. Derivado del análisis que hace el etnomusicólogo mencionado de la tribu venda, en Sudáfrica, considera que la concepción de la música depende del papel que ejerce el músico y el escucha en cada sociedad, así como la razón por la que se hace. De tal forma que la función de la música no debería de ser valorada o encasillada bajo mediciones de eficacia o técnica; cada individuo reacciona a las manifestaciones musicales de acuerdo con su cultura y su historia. El contenido humano del sonido, el pensamiento de un humano sensible, es lo que la hace atractiva y diferente, así como lo que puede despertar una sensación en otro humano o no.
Por otra parte, los avances tecnológicos y económicos de las sociedades repercuten fuertemente en el desarrollo de la música, e incluso la hace excluyente al fomentar parámetros como es la aptitud musical y complejidad artificial, que resulta irrelevante en el marco universal, derivado de que podría considerarse una extensión de los principios básicos musicales, sin los cuales carecería de sentido; incluso los oyentes parecen crear mayor conexión a partir de la función de la música que de su complejidad, lo que resulta relevante derivado de la intención musical de generar una experiencia social. La función social de la música, los efectos que tenga la música sobre los individuos y su valía en sociedad determinan el desarrollo de la aptitud y de los instrumentos y conceptos a utilizar. De igual forma, el contexto y las implicaciones bajo las que se desarrolle la actividad musical determinarán su eficacia, que es validada tanto por lo intérpretes como por los oyentes. Los procesos para la creación de música varían de sociedad en sociedad y de acuerdo con diversas necesidades, y no forzosamente son los mismos que los de otras manifestaciones artísticas, culturales, políticas, económicas, etc.
Si bien la música tiene la capacidad de generar experiencias colectivas, éstas son diferentes en cada uno de los individuos, sin embargo, ambas formas serán experiencias humanas, emocionales, que incluso se pueden traducir en lenguaje musical, pero es siempre a partir de un marco de referencia de dichas emociones y se entienden en experiencias sociales similares o compartidas. Finalmente, para Blacking el análisis del valor de la música debe tomar en cuenta el papel del producto musical en la sociedad y las actitudes y procesos cognitivos implicados en su realización; función, contenido y forma. (pp. 63-102)
Por su parte, para Alan Merriam (2001) la música dentro de un sistema social -entendido como una unidad funcional bajo una armonía de funcionamiento- tiene distintos usos y puede o no desempeñar funciones. El uso refiere a las diversas prácticas musicales dentro de una sociedad, y la función al impacto cultural que la música tiene dentro de la misma. Un ejemplo de ello son las sociedades no alfabetizadas, que parecen utilizar la música como parte de su vida cotidiana con la participación de todos.
Dentro de los usos de la música en una colectividad podemos mencionar el que tiene dentro de la cultura material que contribuye a las cuestiones de tecnología y economía como son las canciones de trabajo o el campo laboral de compositores, intérpretes, lauderos, etc., para reconocer o mantener instituciones sociales, estructuras políticas o sistemas de creencias, los que contribuyen a las cuestiones estéticas mediante la relación con otras artes, o los enmarcados dentro del lenguaje, reflejado en las letras de las canciones. La música se encuentra presente en estas actividades como eje que condiciona, modela y controla el comportamiento de las personas.
Por su parte la música puede cumplir una función que responde a propósitos objetivamente definidos, para el autor una de ellas es la del campo emocional, dentro del que puede fungir como mecanismo de expresión de emociones que no se logran exteriorizar mediante el lenguaje cotidiano o para inducir actitudes. Cabe mencionar que la expresión popular refleja un sistema concreto de organización social por lo que, dependiendo del mismo, la música puede reducir el desequilibrio y promover la integración social mediante manifestaciones que visibilicen su realidad, ser una vía de escape que ayudaría a la reafirmación del sistema al haber un choque entre las demandas sociales y costumbres morales, tener una función catártica o pueden simplemente tender a la recreación y el entretenimiento.
La música puede también tener la función social de ser una válvula de escape que ofrece una seguridad inofensiva no repudiable, pese a que lo sea el contenido. Puede expresar lo prohibido siempre que la sociedad en la que se desarrolle la considera arte, es decir, su contenido esté subordinado a la forma, y que pueda ser rechazable derivado de tabús del humano en general, a nivel cultural o individual. Cabe mencionar que mientras más dominio se tenga de la técnica (determinada por la sociedad) mejor podrá expresar y legitimar el tabú, lo que es relevante derivado de la importancia del público para el artista.
Otras funciones son el goce estético, que depende de la cultura; como forma de entretenimiento; como forma de comunicación donde el lenguaje musical está conformado por la cultura en la que se desarrolla, produciendo reacciones entre lo que hablan el mismo idioma; como representación simbólica de ideas y comportamientos; generando respuesta física delimitada por convenciones culturales; siendo refuerzo de conformidad a normas sociales; contribuyendo a la continuidad y estabilidad de una cultura sintetizándose a la expresión de valores y exponiendo psicología de una cultura en búsqueda de un proceso de enculturación y como integración de la sociedad, generando núcleos de solidaridad; y/o ayudando a quitar el desequilibrio social mediante la experiencia colectiva y la cooperación y coordinación. (pp. 275-295)
En conclusión, la naturaleza emocional y sensitiva de la música como sonido con sentido le da un lugar prominente en las actividades colectivas de las sociedades; su capacidad de generar identidad tanto individual como colectiva y su capacidad de evocar han provocado que pueda tener diversos usos dentro de las sociedades e incluso funciones, que permean directamente y son parte de la conformación de una cultura. No es menos importante el impacto que tiene el desarrollo tecnológico en la música, que propicia la generación de nuevos sonidos, instrumentos, técnicas e incluso reconceptualiza la música en su contexto social. Utilizando la teoría antes mencionada en la actualidad, valdría la pena valorar cómo ha afectado la globalización y el neoliberalismo en los usos y funciones de la música, así como el desarrollo de tecnología, como por ejemplo la Inteligencia Artificial, que ha llevado a que la música ya no sea sólo cosas de humanos, lo que nos lleva a replantear el concepto de la misma.
Bibliografía
Blacking, J. (2006). ¿Hay música en el hombre? (Francisco C. Villalobos, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1973)
Domínguez, M. (2015). El poder vinculante del sonido: La construcción de la identidad y la diferencia en el espacio sonoro. Alteridades, 25(50), 95-104
Merriam, A. (2001) Usos y funciones en Francisco C. Villalobos (Coord.), Las culturas musicales: lecturas de etnomusicología (pp. 275-296). Editorial Trotta







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